CASADA CON EL NÉMESIS DE MI EX
CASADA CON EL NÉMESIS DE MI EX
Por: Cam N.
1

La noche en que Ximena Solís decidió destruir su propio futuro comenzó con un golpe.

No fue metafórico. Fue la palma abierta de Damián Urquiza contra su mejilla izquierda, un impacto seco que resonó en el dormitorio del penthouse de Polanco como algo que no tenía nombre todavía porque Ximena llevaba veinticinco años aprendiendo a no ponerle nombre a las cosas que dolían.

La pulsera de jade cayó al suelo. Era verde oscuro, antigua, con pequeñas imperfecciones que la hacían auténtica. Había pertenecido a su abuela Guadalupe y era lo único que Ximena tenía de ella desde que murió once años atrás en un accidente de carretera que la familia nunca terminó de llorar en voz alta. Ximena la había sacado del cajón esa noche sin pensar demasiado, un gesto automático de quien busca algo que la ancle cuando siente que el piso se mueve.

Damián la miró como si la pulsera fuera el problema.

—Te dije que no usaras eso —dijo.

Ximena se tocó la mejilla. El calor bajo sus dedos era extraño, casi ajeno, como si perteneciera a otra persona.

—Sal de aquí —respondió con una voz que no reconoció como propia.

—Ximena.

—Sal.

Damián Urquiza tenía treinta y dos años, cabello negro perfectamente peinado hacia atrás, y la clase de atractivo que funciona mejor a distancia. De cerca, en este momento, con esa expresión en el rostro, era simplemente un hombre que acababa de golpear a una mujer y todavía no había decidido si eso requería disculpa o explicación.

Eligió explicación.

—Estás siendo dramática. Fue un accidente.

—Sal de mi apartamento.

—Técnicamente es mío —dijo él—. El contrato de arrendamiento está a mi nombre.

Ximena caminó hacia el clóset, sacó una maleta de viaje mediana, y comenzó a llenarla con movimientos metódicos. Ropa. Documentos. La pulsera de jade, que recogió del suelo sin decir nada. El libro que estaba leyendo. El cargador del teléfono.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Damián desde el umbral.

—Lo que debí hacer hace meses.

—No exageres. Hablemos como adultos.

Ximena cerró la maleta, tomó su bolso, y se volvió para mirarlo directamente por primera vez desde que su mano la había tocado.

—El compromiso terminó —dijo—. Dile a tu asistente que me mande los papeles mañana.

Pasó junto a él hacia la puerta. Damián extendió una mano para detenerla, pero algo en su expresión, en la forma en que ella sostuvo su mirada sin parpadear, lo hizo reconsiderar.

Ximena Solís salió del penthouse a las once de la noche con una maleta, un bolso, y la absoluta certeza de que no tenía adónde ir.

Lo que nadie en su familia sabía, lo que nadie en su círculo social hubiera creído si se lo contaban, era que Ximena llevaba veinticinco años siendo invisible de manera tan consistente que se había vuelto experta en moverse por espacios que no la reconocían.

Era hija de Roberto Solís, empresario de segunda generación con negocios en bienes raíces y algunas participaciones en el sector financiero que nadie examinaba demasiado de cerca. Su madre, Beatriz, había sido una mujer hermosa que dedicó toda su energía a criar a Camila, la hija mayor, la que salió con los ojos claros y el temperamento de los Solís, la que desde pequeña ocupó el centro de todas las habitaciones.

Ximena ocupaba las orillas.

No era fea. No era torpe. Simplemente era la otra hija, la que sacaba buenas calificaciones sin que nadie lo celebrara demasiado, la que aprendió sola a cocinar porque era más fácil que esperar que alguien le enseñara, la que leía tres libros al mes porque en los libros los personajes siempre tenían más vida interior de la que se les permitía mostrar en público.

Había estudiado Administración de Empresas en el Iberoamericana, no porque fuera su pasión sino porque era lo que se esperaba de los hijos de hombres como Roberto Solís. Después trabajó dos años en una empresa de consultoría que le pagaba suficiente para tener su propio departamento en la Condesa, una libertad que Roberto interpretó como ingratitud y Beatriz como una fase temporal antes del matrimonio.

El matrimonio llegó en forma de Damián Urquiza, elegido por Roberto con la misma lógica con que elegía socios comerciales: utilidad estratégica y apariencia de solidez.

Ximena aceptó porque a los veintidós años todavía creía que querer a alguien era una habilidad que se desarrollaba con el tiempo y la proximidad.

Tenía veinticinco ahora. Había aprendido que eso no era cierto.

El bar en la colonia Roma se llamaba La Perla Negra y no era el tipo de lugar donde Ximena Solís normalmente terminaba una noche de martes. Era pequeño, con paredes de ladrillo expuesto y botellas de mezcal alineadas detrás de una barra de madera oscura que había visto demasiadas confesiones. La música era jazz grabado, el volumen justo lo suficiente para que las conversaciones adyacentes no se escucharan con claridad.

Ximena pidió un vino blanco y ocupó el último taburete disponible en la barra. Dejó la maleta junto a sus pies, el bolso sobre sus rodillas, y miró el vaso durante un momento antes de beberlo.

Necesitaba pensar. Necesitaba un plan. Necesitaba, en un orden que todavía no había determinado, un lugar donde pasar la noche, una forma de explicarle a su madre lo que había pasado sin escuchar el sermón completo sobre las obligaciones conyugales, y probablemente un abogado.

Lo que no necesitaba era que alguien se sentara en el taburete a su lado.

—¿Está ocupado?

La voz era masculina, tranquila, sin la urgencia performativa de los hombres que usan bares como campo de caza. Ximena levantó la vista.

El hombre tenía aproximadamente treinta años, cabello oscuro, ojos grises que la miraban con una atención directa pero sin agresividad. Vestía bien, sin ostentación. Tenía las manos de alguien que firma documentos, no de alguien que los carga.

—No —respondió Ximena, y volvió a mirar su vaso.

El hombre se sentó. Pidió whisky. No intentó continuar la conversación.

Pasaron diez minutos en silencio relativo, lo cual Ximena consideró una señal de inteligencia básica.

Fue ella quien habló primero, lo cual después le parecería significativo.

—¿Viene seguido aquí?

—Ocasionalmente —respondió él—. ¿Usted?

—Primera vez.

El hombre asintió levemente, como si eso explicara algo. No preguntó por la maleta junto a sus pies ni por el enrojecimiento que Ximena sabía que todavía era visible en su mejilla si uno miraba con suficiente atención.

—Sebastián —dijo él, extendiendo la mano.

—Ximena.

Se estrecharon la mano con la brevedad de quienes están de acuerdo en que los nombres son suficiente por ahora.

En algún lugar de la Ciudad de México, en una oficina que no aparecía en ningún directorio público, un hombre llamado Viktor Molina revisaba en ese momento un reporte de vigilancia. La fotografía en la primera página mostraba a Ximena Solís saliendo del edificio de Polanco con una maleta.

Viktor leyó el reporte, cerró la carpeta, y marcó un número en su teléfono.

—Ya se fue —dijo cuando contestaron—. Que procedan según el plan.

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