CASADA CON EL NÉMESIS DE MI EX
CASADA CON EL NÉMESIS DE MI EX
Por: Cam N.
1

El sonido de la pulsera rompiéndose contra el mármol fue lo último que Ximena escuchó antes de que la mano de Damián impactara contra su rostro.

El golpe la giró hacia un lado con tanta fuerza que sus rodillas cedieron por un instante. El sabor metálico de la sangre se extendió por su lengua mientras sus dedos buscaban apoyo en el respaldo del sofá de cuero italiano. El ardor en su mejilla izquierda palpitaba al ritmo de su corazón desbocado, cada latido gritándole lo que había tardado veinticinco años en aceptar: nunca sería suficiente para nadie.

Damián Urquiza se erguía frente a ella como una estatua de furia contenida. Su traje Armani gris marengo permanecía impecable a pesar de la violencia que acababa de desatar, cada línea de su cuerpo cincelado por años de entrenamiento personal hablaba de un control que evidentemente no se extendía a sus emociones. Sus ojos verdes—esos ojos que Ximena había adorado en secreto desde los dieciocho años—la atravesaban con un odio tan puro que le cortó la respiración.

—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? —La voz de Damián salió baja, letal. El tipo de tono que usaba en las salas de juntas cuando estaba a punto de destruir a un competidor—. ¿Alguna maldita idea?

Ximena bajó la vista hacia los fragmentos de la pulsera esparcidos sobre el mármol blanco como esquirlas de un pasado que nunca le pertenecería. Era una cosa fea, honestamente—cuentas de madera barata pintadas a mano con flores descoloridas. El tipo de baratija que se compra en un mercado de artesanías por cincuenta pesos. Pero Camila se la había regalado a Damián durante unas vacaciones en Oaxaca, tres años atrás, y eso la convertía en un objeto sagrado. Más valioso que los diamantes. Más importante que Ximena.

Siempre más importante que Ximena.

—Fue un accidente —murmuró ella, aunque sabía que sus palabras caían en oídos sordos—. Solo estaba moviendo las cajas de tu oficina y se cayó de la repisa...

—¡Era de Camila! —El grito de Damián hizo temblar los ventanales del penthouse que daban a la Avenida Presidente Masaryk. Polanco se extendía bajo ellos como un manto de lujo indiferente al drama que se desarrollaba en el piso veintitrés—. ¡De Camila! ¿Entiendes eso? ¿O tu cerebro es tan jodidamente inferior al de ella que ni siquiera puedes comprender lo que significa?

Ahí estaba. La verdad desnuda que los tres meses de compromiso forzado habían intentado disfrazar con flores caras y cenas en restaurantes con estrellas Michelin. Ximena Solís no era una prometida. Era un reemplazo defectuoso de la hermana que había tenido el descaro de desaparecer dos semanas antes de su propia boda.

—Han pasado tres meses, Damián. —Ximena se enderezó, obligando a su voz a no quebrarse—. Tres meses en los que apenas me has dirigido la palabra. Tres meses durmiendo en habitaciones separadas. Tres meses en los que cada vez que me miras, sé que estás viendo su rostro, no el mío.

—Porque eres su pálida imitación. —Las palabras salieron de Damián como veneno destilado—. Tu padre me vendió la idea de que eras "prácticamente idéntica", que los accionistas no notarían la diferencia. Que la fusión entre Urquiza Financial y Solís Corp seguiría adelante sin problemas. —Se rio, un sonido hueco que hizo eco en el espacio minimalista del penthouse—. ¿Sabes qué? Tenía razón. Nadie notó la diferencia. Porque tú no importas lo suficiente como para que alguien note tu ausencia.

Cada palabra era un cuchillo perfectamente afilado, insertándose en las heridas que Ximena llevaba toda una vida cultivando. Heridas que se habían abierto cada vez que sus padres olvidaban su cumpleaños pero organizaban fiestas extravagantes para Camila. Heridas que sangraban cuando su madre decía "ojalá fueras más como tu hermana" con esa sonrisa que no era del todo broma. Heridas que supuraban cada vez que Damián la llamaba "Camila" por accidente y ni siquiera se disculpaba por el error.

—Llevo enamorada de ti desde que tenía dieciocho años —las palabras escaparon de Ximena antes de que pudiera detenerlas, confesión y acusación al mismo tiempo—. Siete años observándote en las cenas familiares, memorizando cada gesto, cada sonrisa que le dedicabas a mi hermana. Y cuando finalmente tuve la oportunidad de estar contigo, cuando mis padres arreglaron este compromiso después de que ella huyó como la cobarde que es, pensé... —Su voz se quebró—. Pensé que tal vez, finalmente, alguien me elegiría primero.

—Qué patético. —Damián se sirvió un whisky de la licorera de cristal junto a la ventana, cada movimiento exudando desdén—. Te conformaste con ser segundas, Ximena. Con las sobras. Con lo que Camila no quiso. Y ahora ni siquiera puedes mantener intacta una pulsera sin valor.

Algo se rompió dentro de Ximena en ese momento. No fue espectacular ni dramático. Fue el sonido silencioso de una cuerda tensándose durante veinticinco años hasta que finalmente se partió. El dolor en su mejilla palpitaba como recordatorio de que había cruzado una línea de la que no había retorno posible.

Ximena atravesó el espacio que los separaba con tres pasos decisivos. Damián apenas tuvo tiempo de bajar su vaso antes de que la mano de ella impactara su rostro con toda la fuerza que pudo reunir.

El sonido resonó más fuerte que cuando él la había golpeado. Tal vez porque ella puso en esa bofetada cada insulto callado, cada humillación digerida, cada noche llorando en silencio mientras él revisaba su teléfono buscando mensajes de Camila que nunca llegaban.

Los ojos de Damián se agrandaron con shock puro. Nadie—absolutamente nadie—le ponía las manos encima a Damián Urquiza.

Hasta ahora.

Ximena se quitó el anillo de compromiso con manos que temblaban tanto de miedo como de liberación. La esmeralda colombiana de cuatro quilates—originalmente elegida por Camila, naturalmente—brilló bajo las luces LED del penthouse una última vez antes de que ella lo dejara caer sobre la mesa de centro con un tintineo que sonó a absolución.

—Estamos terminados. —Su voz salió firme, clara. La voz de alguien que acababa de despertar de un sueño de siete años—. Encuentra a otra idiota que acepte ser tu consolación. Yo renuncio.

Se giró hacia la puerta, cada paso sintiendo como caminar sobre vidrio roto. Detrás de ella, Damián finalmente reaccionó.

—Si sales por esa puerta, te destruyo. —La amenaza salió cargada de promesa—. A ti y a tu patética familia. Haré que tu padre pierda cada maldito contrato. Haré que tu madre sea rechazada en cada club al que intente unirse. Y a ti... a ti te convertiré en la burla de toda la ciudad. Nadie te querrá después de que termine contigo.

Ximena se detuvo con la mano en el picaporte dorado. Por un segundo—glorioso, tentador segundo—consideró regresar. Disculparse. Recoger el anillo. Volver a ser la sombra silenciosa que se esperaba que fuera.

Luego recordó el sabor de su propia sangre en la boca.

—Hazlo —dijo sin volverse—. No me importa una m****a.

La puerta se cerró tras ella con un clic suave que sonó a revolución.

El elevador privado del penthouse tardó una eternidad en llegar. Ximena se apoyó contra la pared de mármol, sintiendo cómo su cuerpo comenzaba a temblar ahora que la adrenalina se disipaba. Su teléfono explotó en su bolso de mano—vibración tras vibración que sabía sin mirar quiénes eran.

Mamá. Papá. La asistente de Damián. El abogado de la familia. El círculo completo de personas cuyas opiniones habían dictado cada decisión de su vida hasta este momento.

Los ignoró a todos.

El elevador finalmente llegó. Las puertas se abrieron revelando su reflejo en los espejos que cubrían las paredes interiores. Ximena apenas se reconoció a la mujer que la miraba de vuelta. Su mejilla izquierda ya mostraba el inicio de un moretón, su rímel corrido creaba líneas negras bajo sus ojos color miel, y su cabello—recogido en ese moño elegante que su madre insistía era "apropiado para la prometida de Damián Urquiza"—comenzaba a deshacerse.

Se veía como un desastre.

Por primera vez en su vida, no le importó.

El conserje en el lobby la observó con ojos que parecían comprender demasiado. Probablemente había visto este escenario antes. Probablemente sabía exactamente qué pasaba en el piso veintitrés cuando las parejas "perfectas" se quedaban solas.

—¿Su chofer, Señorita Solís? —preguntó con voz cuidadosamente neutral.

Ximena casi dijo que sí. Casi permitió que el mundo continuara girando en su eje familiar. Casi se fue a casa a esperar las llamadas furiosas y los ultimátums.

—No. —La palabra salió más fuerte de lo que pretendía—. Llame un taxi, por favor.

—¿A dónde, señorita?

Ximena pensó en su departamento vacío en La Condesa. Pensó en Renata, su única amiga real en una vida llena de conocidos interesados. Pensó en el bar cerca de Tepito donde Renata trabajaba los martes, ese lugar que olía a cerveza barata y no pedía explicaciones a nadie.

—La Perla Negra. Está en...

—Conozco el lugar. —El conserje mantuvo su expresión profesional, pero algo en sus ojos sugería aprobación—. El taxi estará aquí en cinco minutos.

Cinco minutos que Ximena pasó de pie en el lobby de mármol y oro, observando cómo Polanco se preparaba para otra noche de excesos calculados. Las llamadas en su teléfono no cesaban. Damián probablemente ya estaba haciendo llamadas propias, activando los mecanismos que la destruirían social y financieramente.

Debería importarle.

Extrañamente, no.

La Perla Negra era exactamente el tipo de lugar donde Ximena Solís nunca pondría un pie. Oscuro, ruidoso, con olor a sudor y alcohol barato mezclándose en el aire viciado. El tipo de lugar donde los vestidos Valentino destacaban como gritos en una biblioteca.

Perfecto.

Ximena se abrió paso entre los cuerpos apretados hasta la barra. El bartender—un hombre con más tatuajes que espacio de piel visible—la evaluó con una ceja levantada pero sin comentarios. Probablemente había visto cosas más raras.

—Tequila —dijo Ximena—. El mejor que tengas. Y deja la botella.

—Esa va a ser una noche larga, ¿eh? —El bartender sirvió un caballito generoso de tequila Don Julio Real—. ¿Problemas de hombres?

—Problemas de vida. —Ximena tomó el caballito de un solo trago, sintiendo el ardor limpiar el sabor a sangre de su boca—. Los hombres son solo síntomas.

El bartender rio mientras servía otro. Ximena estaba por tomarlo cuando sintió un cambio en el aire. Esa sensación primitiva de ser observada que hace que la piel se erice.

Se giró lentamente.

Un hombre estaba sentado tres taburetes más allá, con un vaso de whisky entre sus manos. Alto incluso sentado, con hombros anchos que tensaban la camisa negra que llevaba con las mangas enrolladas hasta los antebrazos. Su cabello negro estaba perfectamente peinado hacia atrás, revelando un rostro que parecía esculpido por un artista con obsesión por los ángulos afilados. Una barba de tres días cubría su mandíbula cuadrada, y sus ojos—oscuros como café de media noche—la observaban con una intensidad que debería ser ilegal.

Sus miradas se encontraron.

El mundo se redujo a ese momento. Al sonido de su propia respiración acelerándose. Al calor que se extendió por su cuerpo a pesar del aire acondicionado mediocre del bar. A la certeza absoluta de que este hombre era peligroso de formas que Damián Urquiza nunca soñaría ser.

Una sonrisa lenta, casi depredadora, curvó los labios del extraño.

Ximena tomó el segundo tequila sin romper el contacto visual.

Él es exactamente el tipo de error que necesito cometer esta noche.

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