La mañana después de la gala llegó con la sutileza de una explosión nuclear en las redes sociales y los medios de comunicación de la Ciudad de México. Ximena despertó en su departamento de La Condesa—se había negado rotundamente a quedarse en el apartamento de Reforma sin haberlo visto primero—con su teléfono vibrando sin parar como si tuviera convulsiones sobre la mesa de noche.
Renata ya estaba despierta en la sala, con su laptop abierta y una expresión que oscilaba entre la diversión absoluta