El parque Lincoln estaba a cuatro cuadras de la mansión, distancia suficiente para que los pulmones recordaran que existían y para que el cuerpo empezara a creer, aunque fuera por un rato, que no había nadie observándolo.Aryanna caminó despacio. No porque quisiera prolongar la libertad, sino porque sus piernas aún cargaban el peso de la noche anterior: la reunión con Silvain, el silencio calculado de Laurent mientras servía el café, la nota doblada que había encontrado bajo la puerta de su habitación al despertar. Había tardado más de lo habitual en vestirse. Ropa sencilla, deliberadamente anónima. Jeans, una blusa gris, tenis que no habían pisado la mansión Beaumont el tiempo suficiente para impregnarse de su atmósfera.Dos horas. Eso era lo que tenía.Matías estaba sentado en una banca de madera frente a la fuente pequeña
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