—Silvain.El nombre no cayó.Se quedó flotando.Aryanna sintió que el cuarto de arriba se estrechaba alrededor de esa palabra. La bodega vieja, la pared mal pintada, el zócalo abierto, el cuaderno azul sobre las piernas de Emilia. Todo parecía demasiado pequeño para contener otro pedazo de pasado.Teresa no respiraba.Céline estaba junto a la puerta, con una mano apoyada en el marco, sin sarcasmo, sin defensa, sin filo.Inés seguía grabando con el teléfono, pero la mano le temblaba.Paula habló desde la videollamada:—Emilia, no tienes que seguir.Emilia no apartó la vista de la página.—No me diga qué no tengo que hacer. Ya tuve suficientes adultos decidiendo cuándo debía recordar.Paula guardó silencio.Aryanna se arrodilló frente a su hermana.—Emi.—No me mires como si fuera a partirme.—No sé mirarte de otra manera cuando dices eso.Emilia apretó el cuaderno contra su pecho.—Pues aprende rápido.El golpe fue justo.Aryanna lo aceptó.Teresa se sentó en el piso, junto a ellas, sin
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