El despacho de Silvain tenía esa cualidad particular de los espacios donde el poder no se exhibe sino que se respira. Las paredes forradas de libros antiguos, el escritorio de caoba que había visto mejores conversaciones que la mayoría de los tribunales, los ventanales al jardín que filtraban una luz de mañana casi clínica. Aryanna entró con la excusa del correo, como había aprendido a hacer: siempre una excusa, siempre un objeto en la mano, siempre una razón plausible para estar donde estaba.Silvain no estaba.Lo supo antes de abrir la puerta por completo. La ausencia de él tenía una textura específica en la mansión, un silencio distinto al que dejaba cuando simplemente callaba. Depositó el sobre en la bandeja de correspondencia y giró para salir, pero la pantalla del ordenador lateral, el que usaba para las operaciones financieras secundarias, parpadeó con
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