—Céline Rousseau.El nombre cayó en el porche y atravesó la puerta como si la cadena no existiera.Aryanna no se movió.Paula, detrás de ella, dejó de respirar por un segundo. Inés estaba en la sala, con el teléfono en la mano, pero tampoco habló. Laurent permanecía afuera, sosteniendo el sobre con ambas manos, recto, pálido, con esa dignidad vieja que empezaba a parecer castigo.—No repita eso como si fuera una sentencia —dijo Aryanna.Laurent bajó los ojos.—No lo es.—Entonces explique.Paula se acercó más.—No aquí. Laurent, si tiene una declaración, debe hacerla ante Robles. Y si está acusando a Céline, necesito saberlo ahora.—No la estoy acusando.Aryanna apretó la puerta.—Acaba de decir que la llamada salió de la habitación azul y que Céline estaba dentro.—Sí.—Eso suena bastante parecido.Laurent cerró los ojos.—Porque durante dos años Lucien quiso que sonara así.La frase abrió otra grieta.Aryanna sintió una mezcla de rabia y cansancio tan densa que casi le dio risa. Otra
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