—¿Quién le escribe a un muerto para no hablarle a una viva?
Emilia hizo la pregunta sin levantar la voz.
Eso la volvió peor.
La cocina Salvatierra estaba detenida alrededor de la noticia. El avión de Silvain ya había despegado. Francia ya lo estaba esperando del otro lado del océano. La casa seguía en México, con su pared de promesas, su mesa llena de tazas distintas y una carta invisible dirigida a Esteban Salvatierra.
No a Aryanna.
No a Teresa.
No a Emilia.
A Esteban.
Un hombre muerto.
Teresa