—No iremos tras él —dijo Aryanna—. Pero si esa casa tiene el nombre de Amalia, entonces Silvain acaba de abrir una puerta que ya no le pertenece cerrar solo.
Emilia no respondió de inmediato.
Seguía de pie en el porche, con la manta cayéndosele de un hombro y la taza apretada entre ambas manos. La noche estaba demasiado quieta para una frase así. No había prensa, no había coches extraños, no había golpes en la puerta.
Solo Francia entrando en la casa Salvatierra sin tocar.
Paula guardó silencio