—Céline Rousseau.
El nombre cayó en el porche y atravesó la puerta como si la cadena no existiera.
Aryanna no se movió.
Paula, detrás de ella, dejó de respirar por un segundo. Inés estaba en la sala, con el teléfono en la mano, pero tampoco habló. Laurent permanecía afuera, sosteniendo el sobre con ambas manos, recto, pálido, con esa dignidad vieja que empezaba a parecer castigo.
—No repita eso como si fuera una sentencia —dijo Aryanna.
Laurent bajó los ojos.
—No lo es.
—Entonces explique.
Paula