El amanecer llegó con esa luz gris que precede a las tormentas, filtrándose entre las cortinas del estudio como un presagio. Aryanna no había dormido. Permanecía sentada en el sofá de terciopelo del salón contiguo, la misma posición que había mantenido desde que Silvain la dejara allí tras destruir la laptop. Sus manos descansaban sobre su regazo, inmóviles, aunque por dentro cada nervio de su cuerpo vibraba con una tensión insoportable.La puerta del estudio se abrió con un clic suave. Silvain apareció en el umbral, impecable como siempre a pesar de la hora temprana. Traje gris oscuro, camisa blanca sin una arruga, cabello peinado hacia atrás con esa precisión que lo caracterizaba. Parecía descansado, renovado incluso, como si la noche anterior no hubiera ocurrido.—Buenos días —dijo con esa cortesía envenenada que usaba cuando hab&
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