—Que estén todos —dijo Aryanna—. Pero mañana, cuando hablen de mi padre, nadie vuelve a sentarse en mi lugar.
A la mañana siguiente, la casa Salvatierra no desayunó.
Intentó hacerlo.
Teresa puso pan en un plato de flores. Emilia sirvió café en su taza de gato. Céline revisó que su vestido negro no tuviera arrugas, como si una tela impecable pudiera funcionar como arma. Inés llegó con el cabello recogido, dos celulares y una cara de “hoy nadie respira sin permiso legal”. Paula traía carpetas, cop