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La mañana había llegado con esa anticipación calculada que precedía a las exhibiciones de poder. Aryanna observaba desde la ventana de su habitación cómo un automóvil plateado se detenía frente a la entrada principal de la mansión Beaumont, el sol de febrero reflejándose en su carrocería como un presagio de transformación. Eran las diez en punto—Silvain era meticuloso con los horarios—y la estilist

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