—No.Aryanna no sabía a quién le contestaba.A Emilia.A Silvain.A la puerta abierta.A esa frase que acababa de cruzar el pasillo de la clínica como una piedra lanzada desde el cuarto donde su hermana intentaba aprender a respirar fuera de La Viña.Dile al señor Beaumont que si de verdad va a esperar afuera, empiece por devolvernos la casa.Silvain no se movió.Seguía bajo la luz fría de la entrada, con las manos vacías, la ceja partida y el cansancio dibujándole sombras nuevas en el rostro. No parecía dueño de nada. Eso era lo más inquietante. Sin mansión, sin guardias delante, sin órdenes, Silvain Beaumont parecía un hombre esperando sentencia.Aryanna apretó la puerta.—Ella no quiso decir…—Sí quiso —dijo Silvain.Su voz fue baja.No tenía defensa.Aryanna cerró la boca.Desde adentro, Emilia apareció en el pasillo, todavía envuelta en la chaqueta de Matías, con Teresa detrás. Estaba pálida, despeinada, demasiado delgada, pero sus ojos no pedían permiso.—No hables por mí, Ary.L
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