—No me metan en una camilla como si fuera un paquete.Emilia se detuvo en la entrada de la clínica con los brazos cruzados bajo la chaqueta de Matías.La fachada era discreta, de dos pisos, con una luz blanca sobre la puerta y un pequeño jardín lateral que olía a tierra mojada. No había mármol. No había guardias con trajes oscuros. No había apellido Beaumont en ninguna placa.Aun así, Emilia miraba la puerta como si fuera otra cerradura.Teresa estaba a su lado, agotada, con los ojos hinchados de llorar y las manos incapaces de dejar de tocarla: el hombro, la manga, el cabello, los dedos. Como si el cuerpo de su hija pudiera volverse humo si no lo comprobaba cada pocos segundos.Aryanna entendía ese impulso.Lo odiaba también.—No te van a meter en nada —dijo.Emilia la miró.—Siempre dicen eso antes de decirte que es por tu bien.La frase dejó a Teresa sin aire.Céline, que había bajado de la camioneta con la elegancia hecha trizas, respiró hondo.—Entonces entras caminando, escoges s
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