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La puerta del despacho se cerró con un chasquido que resonó como el cerrojo de una celda.

Aryanna permaneció de pie frente al escritorio de caoba, las manos entrelazadas para ocultar su temblor. Silvain no la había mirado todavía. Estaba sentado en su silla de cuero, los dedos tamborileando sobre el reposabrazos con una cadencia que convertía el silencio en algo insoportable.

La lluvia golpeaba contra los ventanales del despacho, manchas

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