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El vestido Valentino era del color de la sangre fresca.

Aryanna lo supo en el momento en que Silvain entró a su habitación sin llamar —porque nunca llamaba, porque las puertas cerradas eran un concepto que no aplicaba cuando se trataba de ella— seguido por dos mujeres que arrastraban maletas de maquillaje profesional y una tercera que cargaba una percha con la prenda que definiría su humillación pública.

—Buenos días, m

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