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—La señora Isolde.

El nombre no sonó como una acusación.

Sonó peor.

Sonó como una costumbre.

Aryanna siguió de rodillas frente a Emilia, con las manos suspendidas en el aire, sin atreverse a tocarla todavía. La habitación blanca, los dibujos en la pared, la cama estrecha, el olor a encierro y jabón barato; todo se volvió pequeño frente a esa frase.

Silvain estaba en la puerta.

Pálido.

Quieto.

Con la sangre marcándole una línea en la ceja.

Céline dejó escapar una respiración rota.

—No.

Emilia la
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