—No vuelva a llamarlo vida.
Aryanna no gritó.
No pudo.
Tenía a Emilia pegada al costado, temblando bajo la chaqueta de Matías, mientras Isolde Beaumont permanecía al final del pasillo como si acabara de entrar a una cena y no a la habitación donde habían tenido escondida a una muchacha durante dos años.
El sobre negro descansaba entre sus dedos.
Impecable.
Todo en ella lo era.
El abrigo claro, el cabello recogido, la boca pintada con la precisión de una mujer que no perdía tiempo en parecer inoc