La tableta descansaba sobre el escritorio de caoba como una trampa esperando ser activada.Aryanna había entrado al estudio de Silvain con la misma rutina mecánica que ejecutaba cada viernes: plumero en mano, spray de limpieza en el delantal, respiración controlada para no inhalar demasiado el aroma a cuero y tabaco que impregnaba cada rincón de aquel santuario masculino. Normalmente, Silvain guardaba sus dispositivos bajo llave o los llevaba consigo, una precaución que ella había notado desde las primeras semanas pero que nunca había cuestionado en voz alta.Hoy, sin embargo, la tableta reposaba despreocupadamente junto a una taza de café a medio terminar, su pantalla iluminada con el brillo tenue de quien ha sido abandonada momentáneamente, no apagada con intención.No la toques, le advirtió la parte sensata de su cerebro, aquella que aún recordaba las reglas básicas de supervivencia en la mansión Beaumont. Limpia el polvo, vacía el cenicero, sal de aquí.Pero la otra parte, la que
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