—No vuelva a decir su nombre.
Aryanna no reconoció su propia voz.
Hugo Armenta estaba frente a ella, pálido, con el teléfono confiscado por Bruno y los ojos saltando de Lucien a Silvain como si aún esperara que alguien le indicara dónde esconderse.
Pero nadie se movió.
Ni Lucien.
Ni Isolde.
Ni Silvain.
El nombre de Emilia había caído en la sala del jardín y todo lo demás se volvió ruido: la respiración rota de Teresa, el golpe de la libreta sobre la mesa, el zumbido lejano de una lámpara, el roc