—No.
Aryanna retrocedió con el teléfono de Teresa en la mano.
La carretera estaba oscura, apenas cortada por las luces apagadas de la camioneta de Matías y el coche abandonado donde habían dejado el pañuelo de su madre. Emilia seguía junto a ella, temblando bajo la chaqueta prestada. Céline permanecía unos pasos atrás, grabando todavía, aunque la mano ya no le obedecía del todo. Matías miraba a Silvain con desconfianza abierta.
Y Silvain acababa de proponer usar la única mentira que su familia c