-Suelte esa carpeta.
Silvain no levantó la voz.
Hugo Armenta, sin embargo, se quedó inmóvil en la puerta del ala norte, con la carpeta abierta entre las manos y una satisfacción tan limpia que resultaba obscena.
Aryanna no escuchaba bien.
La frase seguía golpeando dentro de su cabeza.
La firmaste tú, Silvain. El mismo día en que murió su padre.
Miró a Silvain.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía tener una respuesta preparada. No había precisión en sus ojos. No había cálculo. Solo un