—No lo dejen entrar.
La voz de Silvain fue inmediata.
Aryanna levantó la mirada hacia él.
La tarjeta de acceso de Marianne seguía en el suelo, junto a la mesa baja de la sala del jardín. La mujer miraba hacia la ventana como si el apellido Orozco hubiera entrado antes que el hombre. Teresa tenía una mano sobre la chamarra de Esteban. Céline, con el celular todavía grabando, observaba a Silvain con esa atención de quien ya conoce el primer síntoma de una pérdida de control.
Bruno esperaba en la p