—No.
Silvain lo dijo como si una sola palabra pudiera borrar años de madera, cerraduras y culpa.
Marianne Beaumont no apartó los ojos de Aryanna. La mujer seguía de pie junto a la ventana del ala norte, con el chal azul caído a sus pies y las manos temblando apenas. No parecía confundida. No en ese instante. Su mirada era demasiado clara, demasiado cruel en su lucidez.
Aryanna sintió que la libreta de Emilia se le resbalaba entre los dedos.
—La construyó —repitió, sin mirar a Silvain—. ¿Qué sign