—Póngalo en mi mano.
Aryanna no pidió el teléfono. Lo exigió.
Silvain la miró durante medio segundo, lo justo para que ella viera el instinto de retenerlo, de medir el daño, de decidir si una voz al otro lado de la línea podía herirla más. Después abrió la mano.
Le entregó el celular.
Ese gesto mínimo no arreglaba nada. No borraba la firma, ni la mentira, ni el hecho de que el nombre Beaumont apareciera metido hasta el cuello en la muerte de su padre.
Pero Aryanna lo vio.
Y se odió por verlo.
—I