El aire en el Distrito Norte de Argentia Magna se volvió extrañamente gélido en el momento en que Alistair, bajo la orden de Julian, retiró el flujo de energía del escudo orbital. Durante diez segundos, el silencio fue absoluto. Elara, de pie en el centro de la Gran Plaza, mantenía los brazos extendidos, con su piel brillando con una luminiscencia azul que se reflejaba en los rostros de los tres mil "Despiertos" que la rodeaban.—¡Lo veis! —gritó Elara, su voz resonando con una fuerza psíquica que hizo vibrar los cristales de los edificios cercanos—. ¡La plata fluye a través de nosotros! ¡No necesitamos a los Vance! ¡Nosotros somos el escudo!Julian, desde el balcón del palacio, observaba con los ojos entrecerrados. A su lado, Amelia apretaba los puños. Ella podía sentir lo que los humanos, en su embriaguez de poder, ignoraban: la resonancia de la sed. Elias, el pequeño Heraldo, permanecía en las sombras, con una sonrisa que no pertenecía al rostro de un niño.—Ya muerden el anzuelo,
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