La sala de Silas, en la cúspide de la Torre Prometheus, se había convertido en el vórtice de una pesadilla. Alistair, atrapado en la red de energía roja, gritaba mientras el portal sobre Nueva York se rasgaba. La luz del sol cobrizo se distorsionaba, revelando las siluetas de naves Cosechadoras que ya se asomaban desde la dimensión del Nadir.Julian, envuelto en su armadura de sombras, golpeaba la barrera invisible que lo separaba de su hijo. Cada impacto enviaba una descarga de dolor, pero no se detenía. La imagen de Lucas, su clon, parpadeaba en su mente, recordándole el precio de la complacencia.—¡Suéltalo, Silas! —rugió Julian, sus ojos rojos brillando con una furia cegadora.Silas, de pie junto a su trono de cristal, observaba el espectáculo con una sonrisa gélida. —Es fascinante, ¿verdad, Julian? Vuestra especie siempre ha necesitado un mesías, un líder. Pero ¿qué pasa cuando ese líder es la llave de vuestra propia destrucción? Alistair está abriendo el camino para la verdadera
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