El aire en el Distrito Norte de Argentia Magna se volvió extrañamente gélido en el momento en que Alistair, bajo la orden de Julian, retiró el flujo de energía del escudo orbital. Durante diez segundos, el silencio fue absoluto. Elara, de pie en el centro de la Gran Plaza, mantenía los brazos extendidos, con su piel brillando con una luminiscencia azul que se reflejaba en los rostros de los tres mil "Despiertos" que la rodeaban.
—¡Lo veis! —gritó Elara, su voz resonando con una fuerza psíquica