El Telar de la Eternidad rugía. No era un sonido físico, sino el lamento de la realidad misma siendo devorada. Al clavarse su propia espada, Julian Vance no buscaba el fin, sino la liberación total. Su sangre plateada, cargada con siglos de sufrimiento, ambición y amor, se filtró en las grietas del palacio de seda, actuando como un virus de identidad que el sistema de los Tejedores no podía procesar.—¡¿Qué has hecho?! —rugió el Clon, retrocediendo mientras su armadura de seda empezaba a mancharse de un rojo oscuro—. ¡Estás destruyendo la plantilla! ¡Si mueres aquí, Argentia se desvanecerá!Julian, de rodillas y con la mano apretando el pomo de la espada hundida en su pecho, levantó la mirada. Sus ojos ya no eran rojos, sino de un negro absoluto, como el espacio profundo antes de la primera estrella.—Argentia no es una plantilla en un telar, reflejo —dijo Julian, con una voz que hacía vibrar los cimientos de la dimensión—. Argentia es la voluntad de los que sangran. Tú eres solo un d
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