Un mes después de la Crisis del Corazón, Argentia Magna no se reconocía a sí misma. La reconstrucción no había sido impulsada por máquinas o por el sudor de los Ecos, sino por la voluntad del planeta. Allí donde las cápsulas de la Fundación habían calcinado la tierra, ahora crecían flores de cristal que emitían una melodía constante, una frecuencia que mantenía los nervios de los ciudadanos en una calma casi sobrenatural.
Julian Vance se encontraba en la torre de vigilancia, observando el horiz