El silencio dentro del Vaso del Corazón no era un vacío de sonido, sino una plenitud de vibración. Julian y Amelia permanecían en el borde de la inmensa plataforma de cristal, observando cómo su hijo era absorbido por el pilar de luz plateada. La explosión de Caleb en los túneles superiores aún resonaba en sus pechos, una herida abierta en el alma de la familia Vance que ni siquiera la majestuosidad de aquel lugar podía sanar.
—Julian, mira sus manos —susurró Amelia, con la voz quebrada por el