El llanto de Leo Lombardi no era el gemido frágil de un recién nacido asustado. Era un grito potente, furioso, un reclamo a plenos pulmones de su derecho a existir en un mundo que había intentado extinguirlo antes de que tomara su primera bocanada de aire.En el quirófano clandestino, el sonido rebotó contra los azulejos blancos, haciendo añicos la tensión asfixiante que había amenazado con aplastarlos a todos.El doctor Evans, con los hombros hundidos por el alivio y las manos temblando bajo los guantes de nitrilo ensangrentados, limpió rápidamente al bebé. La señora Danvers, con lágrimas silenciosas surcando su rostro habitualmente estoico, acercó una manta térmica esterilizada.Dante Lombardi seguía de rodillas junto a la cabecera de la mesa quirúrgica, con la frente apoyada en el colchón, justo al lado del rostro exhausto de Layla. Sus anchos hombros subían y bajaban en espasmos irregulares, sacudidos por un llanto silencioso que lo estaba vaciando por dentro. El hombre que dobleg
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