La lluvia en Londres no caía; castigaba.Era un aguacero denso, helado y cruel, impulsado por rachas de viento que hacían crujir las ramas de los árboles centenarios que rodeaban Blackthorn Manor. En el interior del despacho de la planta baja, la temperatura era perfecta, mantenida por el fuego silencioso de la chimenea.Dante Lombardi estaba de pie frente al inmenso ventanal de cristal blindado, con las manos entrelazadas a la espalda, completamente inmóvil. Sus ojos, oscuros e indescifrables, estaban fijos en las pantallas del panel de seguridad lateral, que mostraban la imagen infrarroja de la puerta sur de la propiedad.La mancha de calor humano seguía allí. Llevaba cuatro horas sin moverse de la base del muro de piedra.Julian Vance se estaba congelando.A cincuenta metros de distancia de la comodidad de la mansión, el joven estaba sentado en el asfalto inundado, con el abrigo empapado pegado al cuerpo, temblando visiblemente bajo la furia de la tormenta. No había intentado busca
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