22 años después.
El tiempo, decían los poetas, era un ladrón despiadado que robaba la juventud y la pasión. Pero para Dante y Layla Lombardi, el tiempo no había sido un ladrón; había sido un arquitecto maestro. Había tomado los cimientos de un amor forjado en la oscuridad, el miedo y la sangre, y había construido sobre ellos una fortaleza de luz inquebrantable.
Veintidós años habían pasado desde la noche en que el Muelle 9 ardió y el contrato prematrimonial se convirtió en cenizas. Veintidós añ