El sonido de los cristales rotos aún parecía tintinear en el aire, un eco fantasmagórico que se negaba a desaparecer.Layla estaba sentada en la cama, con las rodillas pegadas al pecho y el corazón latiéndole desbocado. La luz de la luna, ahora sin el obstáculo de la inmensa pantalla de ochenta pulgadas, bañaba la habitación, iluminando el desastre. La televisión era un amasijo de cables arrancados y vidrio negro esparcido por la alfombra persa.Pero lo que aterrorizaba a Layla no era la destrucción material. Era la inmovilidad de Dante.Después de arrancar el televisor de la pared con una fuerza casi inhumana, Dante no había vuelto a moverse. Estaba de pie en medio de los escombros, con los puños apretados a los costados y la cabeza gacha. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, pero el estallido de furia había pasado, dejando a su paso algo mucho m&aac
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