El despacho de Leo Lombardi en la planta treinta y cinco de la Torre Lombardi no era tan imponente como el de su padre, pero compartía la misma vista panorámica de la ciudad de Londres y, lo que era más importante, el mismo nivel de acceso a la red de inteligencia de la corporación.
A sus veintiún años, Leo era una mezcla letal de sus dos progenitores. Físicamente, era una réplica de Dante: alto, de hombros anchos, con la misma mandíbula esculpida y los ojos de obsidiana que parecían absorber l