Durante aquella cena, la pareja charló de todo y de nada, y ninguno pensó en los problemas, las intrigas, ni en nada de lo que los esperaba a regresar a Madrid, tan solo, y en aquel momento, eran solo ellos dos, y bajo aquel hermoso manto de estrellas, ambos se perdieron en los ojos del otro…deseando una vez más, estar juntos para siempre.En Madrid, Augusto sentía un mareo terrible al escuchar de los labios de una de las sirvientas, e infiltrada en la mansión Toledo, lo dicho por Ricardo a ese miserable anciano que llevaba sus finanzas; el señor Toledo no estaba contento con todas las cosas que habían venido ocurriendo comenzando con el comportamiento de su hija Ainara…y había comenzado a consideras el volver a incluir a Fernando Toledo dentro de la herencia de su familia. Aquello no podía permitirlo.—Esto es…imposible… — dijo para sí mismo el cruel hombre, sin poder creer que Aitana, aquella mocosa a la que había despreciado siempre, era la esposa de aquel poderoso tatuado que no s
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