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— Yo estaré contigo, no estás sola, y nunca estarás sola, Aitana. — le dijo el rubio tatuado soltando su brazo del agarre femenino, para con él, envolverla en un celoso abrazo.

Aitana se sintió segura y subiendo sus piernas largas al asiento, se acurrucó entre su abrazo, y cerró los ojos al no pretender distraerse con la película o algunos de los pocos pasajeros de primera clase; en cambio decidió concentrarse en relajarse con el varonil y embriagante aroma que Fernando siempre desprendía y en
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