Durante aquella cena, la pareja charló de todo y de nada, y ninguno pensó en los problemas, las intrigas, ni en nada de lo que los esperaba a regresar a Madrid, tan solo, y en aquel momento, eran solo ellos dos, y bajo aquel hermoso manto de estrellas, ambos se perdieron en los ojos del otro…deseando una vez más, estar juntos para siempre.
En Madrid, Augusto sentía un mareo terrible al escuchar de los labios de una de las sirvientas, e infiltrada en la mansión Toledo, lo dicho por Ricardo a ese