Horas más tarde.
En Mendoza Corporation, Augusto miraba con recelo a Arthur, mientras se sentía realmente observado por todos los demás socios e inversionistas que estaban mucho más que enfurecidos con su amada hija; Ainara era una mujer en medio de hombres de negocios, y siempre había tenido mano firme con todos ellos, pero tampoco podía negar lo innegable, y eso era que sus malos manejos de los últimos años los habían dejado en una situación muy vulnerable.
— Cómo bien saben, el señor Arthur,