Alistair dejó caer su pesada capa de viaje al suelo con un golpe sordo, ignorando por completo el frío residual de la noche que todavía se filtraba a través de sus ropas y calaba en sus huesos. Sus ojos azules, que durante años habían sido descritos por todos como gélidos, distantes y carentes de cualquier rastro de humanidad, ahora buscaban los de Elowen con una urgencia eléctrica que ella nunca había visto antes.Se acercó a ella lentamente, acortando la distancia física y emocional que los había separado durante tanto tiempo, hasta que solo un suspiro tembloroso los separaba. En un gesto cargado de una devoción inesperada, tomó su rostro entre sus manos rudas, haciéndolo con una delicadeza infinita que contrastaba de forma desgarradora con las cicatrices de guerrero que marcaban sus nudillos.—Te amo, Elowen —susurró él, y su voz, esa que solía comandar ejércitos sin titubear, se quebró bajo el peso abrumador de la verdad que finalmente salía a la luz—. Y creo... en lo más profundo
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