La llegada a la capital no tuvo la calidez de un hogar, sino la frialdad de una nueva etapa de su farsa. La mansión de los Blackwood, una imponente estructura de piedra gris que había pertenecido a la familia durante generaciones, los recibió con el personal formado en fila y las chimeneas encendidas. Sin embargo, en cuanto los pies de Alistair tocaron el suelo, su mente ya estaba a kilómetros de allí, en el palacio real.Elowen, con el rostro pálido y los huesos doliéndole por el tortuoso viaje, apenas tuvo tiempo de verlo desaparecer.—Tengo asuntos en la corte —fue todo lo que dijo él, sin mirarla, antes de volver a montar y alejarse a galope.Sola en el gran vestíbulo, Elowen suspiró. Se dejó guiar por su doncella hacia sus aposentos, donde una tina de agua caliente la esperaba. Mientras el vapor llenaba la habitación, ella trató de acallar sus pensamientos. Se duchó con lentitud, sintiendo cómo el agua arrastraba el polvo del camino, pero no la tristeza de saber exactamente a qui
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