En cuanto la puerta del carruaje se cerró con un golpe seco, el silencio que nos rodeó se volvió asfixiante. El carruaje comenzó a moverse sobre el empedrado de la capital, y la luz de las farolas de gas se filtraba por la ventana, iluminando el rostro de Alistair en ráfagas de luz y sombra.
Él no se sentó frente a mí sino a mi lado, invadiendo mi espacio con una presencia que irradiaba furia. Durante varios minutos, lo único que se escuchó fue su respiración pesada y el traqueteo de las ruedas