La mañana siguiente al baile, la mansión Blackwood amaneció bajo una tensión eléctrica. Alistair se había encerrado en su despacho desde el alba, y yo intentaba recuperar la compostura desayunando sola en el gran comedor. Sin embargo, la paz duró poco.
Un lacayo entró portando una caja de madera de sándalo, tallada con una delicadeza extrema.
—Milady, esto acaba de llegar para usted. No tiene tarjeta de remitente, solo este sello —dijo el joven, visiblemente nervioso.
Al ver el sello de cera ro