El viaje desde el Norte hacia la capital era una travesía de diez días que ponía a prueba la voluntad de cualquiera. El camino era un laberinto de baches y piedras congeladas que sacudían el carruaje ducal sin piedad. A pesar de los cojines de terciopelo y el lujo de la cabina, cada sacudida se sentía como un golpe en mi espalda.
Alistair no tenía intención de perder tiempo. No hubo paradas en posadas ni descansos para admirar el paisaje. Él cabalgaba al frente, envuelto en su pesada capa negra