Mis manos estaban entumecidas por el frío de las riendas, pero no tanto como mi propio pecho. Cada kilómetro que avanzábamos hacia el sur era una victoria para mi corazón y una derrota para mi honor.
Desde mi posición a caballo, vigilaba el convoy con una irritación que no lograba sacudirme. Me molestaba el sonido de las ruedas, el ritmo lento y, sobre todo, me molestaba ella. Elowen Dawn, ahora Blackwood, viajaba en ese carruaje como una condena de seda.
Cuando Kael se acercó a pedirme un desc