El silencio tras la partida de la tía Beaumont fue más pesado que nunca. Alistair había vuelto a su ala del castillo, pero algo en su mirada había cambiado durante esos veinte días de farsa; parecía más atormentado.
Esa tarde, decidí llevarle unos documentos al despacho. Al llegar, la puerta estaba entornada. Lo vi de espaldas, frente al gran ventanal que miraba hacia el sur, hacia la capital. En su mano sostenía un pequeño retrato en miniatura: la princesa Aurora.
—Sabes que ella nunca te mira