La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una pequeña lámpara de sal que proyectaba sombras ambarinas sobre las paredes de madera. Elliot estaba sentado en el borde de la cama, sin camisa, intentando con torpeza cambiarse el vendaje del costado. Sus músculos se tensaban con cada movimiento, y un hilo de sudor recorría su columna vertebral. Al verla entrar, se detuvo, pero no cubrió su vulnerabilidad; la desafió con la mirada.—Leo se ha ido a asegurar el perímetro exterior —dijo Elliot, su voz más firme pero aún áspera—. ¿Qué haces aquí, Sofía?—Tus vendajes necesitan limpieza, Elliot. No dejes que el orgullo te provoque una infección —respondió ella, acercándose con una seguridad que no sentía.Se arrodilló entre sus piernas para quedar a la altura de la herida. Al retirar la gasa empapada, Sofía contuvo un escalofrío. La sutura se había tensado peligrosamente, y la piel alrededor estaba de un rojo vivo. Con movimientos delicados, empezó a limpiar la zona con antiséptico.
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