El aire en la furgoneta de mando era gélido, pero el sudor corría por la frente de Sofía. Sus dedos volaban sobre el teclado mecánico, el rítmico clac-clac-clac compitiendo con los latidos de su corazón. En la pantalla, una cascada de líneas de código carmesí intentaba devorar el núcleo de Hades.
—No vas a borrarlo, Julia. No hoy —susurró Sofía para sí misma, con los ojos inyectados en sangre.
Julia había activado el protocolo de autodestrucción del servidor central desde el interior de la mans