El chasquido fue apenas audible, un sonido seco que precedió al colapso total. En un segundo, el despacho de Julia, que vibraba con la luz de mil pantallas, se sumergió en una oscuridad absoluta. No era un simple apagón; era un borrado electromagnético localizado. El zumbido de los servidores murió, reemplazado por un silencio sepulcral que solo duró un latido antes de que las alarmas de emergencia, de un rojo sangriento y rítmico, empezaran a girar en el techo.—¡Sofía, al suelo! —el grito de Elliot fue una orden cargada de una urgencia animal.Antes de que Sofía pudiera reaccionar, sintió el peso del cuerpo de Elliot embistiéndola, protegiéndola mientras una explosión controlada reventaba los ventanales del despacho. El cristal, diseñado para resistir balas, se desintegró en millones de diamantes letales que volaron sobre sus cabezas. El viento de la tormenta entró con furia en la habitación, trayendo consigo el olor a lluvia y a pólvora.Cuando el estruendo cesó, Sofía se encontró
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