El sonido de los cierres hidráulicos abriéndose fue como un trueno en el pasillo sellado. Elliot se desplomó contra el suelo de mármol, sus pulmones ardiendo mientras succionaban el aire fresco que entraba desde el sistema de ventilación recién reiniciado. La neblina de nitrógeno se disipaba lentamente, dejando un rastro gélido en sus mejillas.
Durante unos segundos, Elliot solo pudo ver manchas borrosas. Su corazón martilleaba contra sus costillas, un recordatorio doloroso de que seguía vivo.