“El silencio de la habitación se rompió con el sonido jadeante de su propia respiración. Meissa abrió los ojos de golpe, pero su mente aún no regresaba al mundo físico. Por un instante eterno, el techo de madera de su recámara desapareció, reemplazado por la neblina de una visión que se sentía más real que la vida misma.No sabía dónde estaba, pero el aire pesaba, cargado de un aroma a bosque, tormenta y sándalo. Se levantó de un lecho que no era el suyo y entonces lo vio.En un rincón de la estancia, envuelto en sombras que parecían obedecerle, se encontraba él. Era un hombre de presencia imponente, una montaña de músculos y autoridad que irradiaba un aura de poder absoluto.Su cabello, oscuro como la obsidiana, caía sobre una máscara de plata que cubría la mitad de su rostro, ocultando sus secretos, pero resaltando lo más aterrador y fascinante: sus ojos. Eran dos pozos de un dorado fulgurante, el color del oro fundido, que la observaban con una mezcla de posesión y hambre mile
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