Meissa se observó en el espejo de cuerpo entero, pero la mujer que le devolvía la mirada parecía una desconocida.
El vestido rojo caía sobre su cuerpo.
Sobre su pecho, el broche de zafiro de su madre brillaba con una luz azul gélida.
La corona de jade, pesada y fría, ceñía su frente como una sentencia y llevaba un velo rojo que la cubría toda la cara.
Sus doncellas, con los ojos bajos y movimientos nerviosos, terminaron de cargar sus maletas.
No había cantos de despedida, no había flores.
Solo